Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción

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Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción 2017-03-07T11:00:02+00:00

Project Description

Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción

La edificación que constituye el origen de todo asentamiento urbano, que identifica las diferentes poblaciones y que es expresión de los más profundos sentimientos del hombre es, sin duda, la iglesia. Las construcciones religiosas que agrupan a los fieles en torno a un guía espiritual no son más que la representación de la comunidad, de la sociedad que los genera, agrupada en una población y, por tanto, origen de la forma urbana.

Si bien no tiene que ser la iglesia el primer edificio que se construya al crearse un asentamiento –aunque así sucede a menudo-, sin duda es uno de los primeros que dan constancia a dicha agrupación de personas de su condición de comunidad, de población organizada, en definitiva, de ciudad.

La iglesia, como el resto de los edificios religiosos y los espacios urbanos asociados, constituye uno de los focos principales de desarrollo de la trama urbana; no sólo motiva a su entorno la actividad edilicia, fomentando la construcción, sino que además el viario se estructura a partir de estos puntos de atracción de pobladores.

El pequeño colectivo rural origen de Valdemoro probablemente construyó una primitiva iglesia en el lugar donde se sitúa la actual, posición topográfica dominante y cercana a la calle principal, uno de los caminos primitivos entre Madrid y Toledo, posterior carretera de Aranjuez y Andalucía. Esta ubicación la convierte, incluso hoy en día, en referente paisajístico desde el sur del municipio.

Su incómodo acceso -debido a dicha posición elevada y excéntrica del posterior desarrollo del casco, hacia el Este y Norte- hizo generar en ubicaciones más favorables, otros establecimientos religiosos que le restaron numerosa feligresía, por lo que la parroquial luchó para impedir las misas públicas en otros templos. Cuatro principales se crearon hasta el siglo XIX -aunque luego hubo varios más-: la ermita del Santísimo Cristo de la Salud, en el mismo camino real, la capilla del hospital de San Andrés y el convento carmelita, ambos en la calle Grande, hoy Estrella de Elola, y el convento de Santa Clara.

La disposición perimetral de estos cuatro edificios en el entramado urbano de Valdemoro respondía a una necesidad de espacio físico en el caso de los cenobios y, en todos, un alejamiento efectivo de la influencia física de la parroquial. Junto a ésta, todos ellos forman una corona de organización más o menos regular, con distancias similares, alrededor de la plaza Mayor, auténtico centro urbano de Valdemoro.
La ermita –antiguo humilladero- no suponía una amenaza para la iglesia, dada su lejanía del casco y diferente función; su localización en las puertas de la ciudad le proporcionaba la imagen a Valdemoro desde su acceso septentrional. Las capillas de los hospitales de San Andrés y de la Concepción tuvieron su relevancia, pero dejaron los servicios religiosos por las acciones judiciales de la parroquial. Más importancia tuvieron ambos conventos, uno de ellos, el de las clarisas, todavía conservado; el del Carmen se construyó próximo a uno de los espacios libres más importantes de la villa, donde se ubicaba la fuente de la población, que generó una amena arboleda en el remate de la calle Grande, origen de la actual plaza de la Piña; las Clarisas, en el extremo opuesto de la ermita del Cristo de la Salud, en la salida del camino real hacia el Sur, en una ubicación más consolidada que la anterior en el mismo borde del casco urbano, por lo que constituye el segundo hito paisajístico tras la iglesia en la cornisa meridional de Valdemoro.

El trazado de Valdemoro se ordena a partir de un cruce de caminos –uno a Toledo en dirección Norte-Sur y dos transversales entre Móstoles y Chinchón y entre Toledo y Alcalá de Henares por Titulcia- que se superponen sobre la calle Real y crean tres pequeños espacios urbanos, probablemente los principales de la población en sus orígenes: las plazas de Autos, Esparto y Cánovas del Castillo. Esta organización se puntualiza mediante los edificios religiosos y la conexión entre ellos genera una vía perimetral que pudo ser el origen del trazado de la cerca, además de completar el entramado urbano: así, en el primer camino, el septentrional, se accede a Valdemoro por la ermita del Cristo de la Salud; en el segundo, el convento de las clarisas constituye la salida hacia Chinchón y, en el tercer recorrido, el de los carmelitas se ubica en el camino hacia Titulcia; la iglesia parroquial, verdadero hito del conjunto urbano, sirve de referencia como elemento singular para el acceso desde Toledo. Las calles que conectan estos edificios religiosos forman parte del viario principal de la villa y, además, organizan en parte un paseo de ronda: así, la calle Eloy López de Lerena une la parroquial con las clarisas en el borde meridional; Alarcón, antigua Mediodía, y Carmen, entre las clarisas y los carmelitas, en el sudoriental; la calle Grande y San Nicolás entre este convento último y el Cristo de la Salud, al nordeste del casco y, por último, entre esta ermita y la parroquial, el antiguo camino real, calle Infantas y plaza de Nuestra Señora del Rosario, que cerrarían Valdemoro por la parte occidental.

Texto completo publicado en el libro Edificios que son historia

En 1518 Valdemoro era un caserío que rondaba los dos millares de almas y vivía de una economía rural. Disfrutaba desde mediados del siglo xiv del Privilegio de Villa, se había convertido sólo tres décadas atrás en señorío eclesiástico y estaba integrado en el Arzobispado de Toledo. Un contexto en el que la construcción de una iglesia que ofreciera sustento espiritual a la comunidad de fieles se presentó como una imperiosa necesidad. Y no es que hasta entonces los valdemoreños no vivieran al abrigo de la religión. Todo lo contrario; las primeras inscripciones bautismales que se conservan en el Archivo Parroquial datan de 1498 y ya antes, en 1427, el Arzobispado de Toledo había calificado de importante en la región la iglesia de Valdemoro, durante una visita episcopal a los municipios de la diócesis, puesto que contaba en su patrimonio con vasos sagrados, cruz de plata, 23 libros litúrgicos y numerosos ornamentos, así como diversas propiedades rústicas, dos tinajas y una cuba.

la construcción primitiva

Parece que fue en 1518 cuando se esbozó un templo algo primitivo que sirvió de base al que se comenzó a erigir exactamente medio siglo después. Mientras que hoy quedan como único vestigio del primero unos arranques de piedra truncada encajados en construcciones más recientes, visibles en la antesacristía, el segundo es el auténtico germen de la actual iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Y ello a pesar de que en 1568 no se planteó tanto la edificación de nueva fábrica como el aprovechamiento de las estructuras para crear nuevos elementos arquitectónicos, acondicionar los existentes y transformar los espacios.
En cada momento se acometieron las actuaciones más necesarias de la mano de diferentes artífices. Así, Francisco Alonso remodeló la torre, cuyo chapitel concluyó Pedro Corral, y Nicolás de Ybarra, en 1589, se involucró en la construcción de una nueva sacristía que fue rehabilitada en 1607. Con todo, estas intervenciones no consiguieron maquillar en ningún momento la sencillez de un templo que se quedaba pequeño por momentos.
Y es que desde que en 1602 Valdemoro pasó a formar parte del señorío del duque de Lerma, valido de Felipe iii, la localidad había experimentado una metamorfosis que, sin duda, era consecuencia directa de las estrechas relaciones que este personaje mantenía con la corte y las altas esferas eclesiásticas. De la mano de la feria anual (con un auge creciente desde la concesión del privilegio en 1603), la bonanza económica no tardó en llegar y con ella el crecimiento demográfico. Pronto la parroquia resultó a todas luces insuficiente para dar servicio a una feligresía en constante progresión, una carencia que ni siquiera aliviaron las fundaciones de los conventos de carmelitas (1588) y clarisas (1616).

La primera iglesia

Así, en 1656 se acometió la reconstrucción más importante de la parroquia. Fue de tal calado que supuso, de hecho, partir de cero pues prácticamente se levantó de nuevo desde los cimientos. Incluso la torre del campanario experimentó una gran transformación: se edificó al Noroeste para sustituir a la que se encontraba delante de la capilla mayor y se eliminó de su fachada el reloj público que hasta entonces había albergado, para trasladarlo a la torre construida ex profeso en la plaza en 1672.
El encargado de elaborar el proyecto fue el maestro mayor de la catedral de Toledo, Cosme de Peñalacia y Castillo, aunque quien realmente remató la obra fue Francisco Bautista, un jesuita que también participó en la construcción del colegio Imperial de Madrid. Corría el año 1660 cuando concluyeron las obras de la nave y su decoración por el pintor flamenco Antonio van de Pere y todo apuntaba a que Valdemoro tendría pronto una iglesia parroquial digna de la categoría del municipio. Sin embargo, la escasez pecuniaria para acometer algunas de las actuaciones más brillantes supuso un freno para el desarrollo de los trabajos.
Ni las autoridades concejiles ni las cofradías podían permitir que una simple cuestión monetaria obstaculizara la erección de la casa de Dios, así que pronto se pusieron manos a la obra para la obtención de recursos. Cualquier método era bueno si proporcionaba capital, desde las aportaciones de grandes sumas por parte de particulares pudientes hasta donaciones en especie de los lugareños más humildes, pasando por la celebración de corridas de toros de carácter benéfico.

Remates a largo plazo

Así y todo, la edificación no acababa nunca. En 1671 se podía dar por concluida la parte esencial de las obras aunque, eso sí, quedaban pendientes algunos remates de menor trascendencia arquitectónica que ornamental y, por ello, de muy elevado coste, como era el caso de la capilla mayor. Pero los fieles ya no podían esperar más. Se estaba retrasando demasiado la expresión de su devoción cristiana. Por eso cuando el 8 de septiembre –festividad de Nuestra Señora del Rosario- de ese año se efectuó el traslado del Santísimo Sacramento a la capilla mayor, se festejó con un vistoso programa de actos -procesiones, fuegos artificiales, toros, comedias y danzas-muy adecuados al gusto de entonces. Evidentemente los gastos que generó tal celebración también fueron muy abundantes. La cifra de 5.054,5 reales superó con mucho el remanente de las arcas municipales, así que hubo de ser financiada con cargo a las alcabalas de la villa o impuestos indirectos de la época. Sin embargo, con ello no se dio por concluida la parroquia.
Ya en el último cuarto del siglo xvii se planteó la demolición de la torre adosada a la capilla mayor “por no estar en parte aproposito y quitar la vista de dicha capilla mayor y su fábrica de poco luçimiento […] y se hizo con animo de haçer torre nueba la cual es muy neçesario haçer así para el luçimiento de dicha Yglesia, como para poner las campanas […] por tanto acordaron se haga dicha torre en la parte que pareçiere mas aproposito” (18 de febrero de 1674. Libro de Acuerdos 1669-1678. amv).
La decisión estaba tomada pero la financiación seguía siendo una tarea ardua. Todavía en 1707 el nacimiento de un hijo de los reyes fue la excusa perfecta para la celebración de uno de esos espectáculos taurinos cuya recaudación sirvió para subvencionar la construcción de la torre tras la demolición de la primitiva. Sus restos aún pueden apreciarse delante de la base de la cúpula de dicha capilla mayor.

Por gracia del Conde de Lerena

Lamentablemente la iglesia que tantos años y esfuerzo había costado edificar no pudo sobrevivir a la erosión del tiempo y la escasa calidad de los materiales y en 1752 se planteó una nueva reconstrucción de la torre, proyectada esta vez por Joseph Hernández, cuyas obras fueron financiadas por un ilustre valdemoreño, Pedro López de Lerena, primer conde de Lerena, consejero de Estado y ministro de Hacienda durante el reinado de Carlos iii. Puso su patrimonio al servicio de su pueblo y también sufragó la restauración de las cubiertas. No conforme con ello, encargó la creación de un retablo para la capilla mayor a un renombrado artista, Francisco Bayeu -que, a su vez, subcontrató dos de los cuadros con su hermano Ramón y su cuñado Francisco de Goya- y la construcción de un tabernáculo de maderas nobles y piedras semipreciosas que coronaba el altar mayor. Durante la Guerra de la Independencia, en 1808, robaron parte de las joyas de éste último, aunque fue en la Guerra Civil cuando desapareció en su totalidad.
No obstante y desde el punto de vista estructural, es con la rehabilitación del conde de Lerena cuando la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción queda tal y como se ha conservado hasta la actualidad.

El edificio

En el exterior del templo, los materiales utilizados fueron el ladrillo y la mampostería, sobre un basamento de piedra. La fachada principal, orientada a Poniente, es de ladrillo, así como la parte alta de los torreones del flanco sur.
Al Noroeste destaca la torre del campanario. Consta de cuatro cuerpos con cuatro ventanas cada uno, que finalizan en el más alto con los huecos más grandes, reservados a las campanas. La torre está rematada con cornisa, chapitel de pizarra, bola, veleta y cruz de forja.
Respecto a los accesos, tiene tres puertas de entrada: la situada en el muro norte, compuesta por un pequeño atrio con cúpula baída (formada de un hemisferio cortado por cuatro planos verticales, cada dos de ellos paralelos entre sí) sin tambor. La entrada por el Sur, simétrica a la anterior, está cubierta por cúpula elíptica sobre pechinas y adornada con escudos episcopales, seguramente en referencia al Arzobispado de Toledo, al que perteneció Valdemoro hasta 1885. La portada principal, al Oeste, se caracteriza por la simplicidad de líneas aunque, eso sí, dentro de un estilo de reminiscencias herrerianas y está compuesta de un atrio abierto con tres arcos de medio punto y flanqueada por dos torres cuadrangulares de mampostería.
Las cubiertas son de teja cerámica curva en la práctica totalidad del edificio a excepción de las torres, donde son de pizarra y cinc.
El templo está constituido por un gran rectángulo de 60 por 28 metros compuesto por una sola nave con cuatro capillas a cada lado, separadas entre sí por contrafuertes, cubiertas con cúpulas y abiertas a la nave central mediante arcos de medio punto sobre pilastras toscanas.
La altura de la nave central destaca sobre la de las capillas y está coronada por bóveda de cañón con lunetos –dividida en cinco partes mediante arcos fajones-, que se extiende hasta los pies del edificio donde se encuentra el coro.
La capilla mayor cuenta con cúpula encamonada o fingida (fabricada sobre un armazón de cañas o listones) con tambor bajo sobre pechinas y linterna. El ábside curvo, construido en el siglo xvi y modificado a finales de la centuria siguiente, le proporcionó su actual configuración neoclásica y alberga el altar mayor, ligeramente elevado respecto al resto de la nave.
A la derecha de la capilla mayor, en la cabecera, se encuentran la sacristía y la antesacristía,
Por lo que se refiere a las capillas, las más importantes son las dedicadas a Nuestra Señora del Rosario y San José, ambas en el lado del Evangelio (a la izquierda del altar desde el punto de vista de los fieles). Las restantes albergan representaciones de la Virgen del Carmen, el Cristo de la Agonía y la Concepción, entre otras. Su estructura arquitectónica y el hecho de que acoja la imagen de la patrona de Valdemoro, hacen de la capilla de Nuestra Señora del Rosario uno de los espacios más interesantes del templo parroquial. Ésta es su historia.

El inicio de la devoción

En 1555 llegaban a la villa, en misión evangélica, unos frailes pertenecientes al convento de Santo Domingo de Ocaña, fundado en 1542. Como consecuencia de la visita de los predicadores y debido a la difusión del Rosario, que desde el último cuarto del siglo xv estaban efectuando los dominicos, se fundaba en la parroquia valdemoreña una cofradía dedicada al culto mariano en 1575. Fue la primera de una larga serie de ellas que, en 1698, determinaron que la principal fiesta se solemnizara el día de la Natividad de Nuestra Señora, es decir, el 8 de septiembre, según el artículo octavo de las nuevas reglas (adt) aprobadas el 30 de mayo del mismo año, norma que se mantiene en la actualidad.
Muy pronto la junta rectora de la cofradía del Rosario se planteó la posibilidad de erigir una capilla donde rendir culto a su imagen y así lo transmitió al Arzobispado de Toledo en el año 1600.
Los prodigios atribuidos a la imagen que llegaría a ser patrona del municipio se convirtieron en su mejor aval; se remontaban siglos atrás, como pusiera de manifiesto Manuel Pantoja en la escritura de donación de varios objetos destinados a enaltecer el ceremonial (adt). Al parecer, en torno a 1560 la Virgen había realizado varios milagros con el vecino de Valdemoro Juan Moreno y con otras personas que sufrían algún impedimento físico. En total fueron siete los enfermos sanados gracias a la intervención mariana. Milagros que, para conocimiento de los fieles y llamamiento a la devoción, Pantoja mandó encuadernar y publicar. El libro se conserva actualmente en el Archivo Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción.
También y según la tradición oral, a comienzos del siglo xix una mujer casi tullida llegó desde Madrid a presenciar la procesión y acompañarla trabajosamente durante su recorrido con una vela en la mano. Al finalizar el acto se pudo comprobar que la lisiada había recobrado la movilidad.
Así, no es de extrañar que el pueblo valdemoreño mostrara cada vez más devoción hacia la Virgen del Rosario, a la que acudían siempre en caso de calamidad pública o cuando acuciaban las necesidades particulares de las familias.

Edificación de la capilla

Los documentos testimonian cómo desde muy antiguo los cofrades se preocuparon porque su patrona consiguiera ser la más reverenciada de la localidad y no escatimaron gastos para otorgarle mayor honra y culto. Sin duda, las indulgencias concedidas por los distintos papas y las acciones milagrosas influyeron en el incremento de fieles, circunstancia que llevó a los regidores de la cofradía a interesarse por conseguir un lugar apropiado donde ejercer sus actividades devocionales. Ya en 1599 se recibieron las primeras contribuciones para poder costear la obra: Juan Aguado de la Iglesia legaba 20.000 maravedíes, según testamento otorgado el 2 de junio de 1599 (apv), para ayuda de los gastos de la capilla que se pretendía construir. Pero hasta 1602 no pudieron hacer efectivo su deseo, pues fue entonces cuando el arzobispo de Toledo, Bernardo de Sandoval y Rojas, concedió la licencia oportuna para llevar a cabo semejante empresa. El Consejo Arzobispal, tras el informe emitido por la comisión encargada de solicitar el permiso previo, dictaba las condiciones específicas que debía reunir la capilla, conforme al Libro de escrituras diferentes de la iglesia de Valdemoro que custodia el Archivo Parroquial: “… a de tener el cuerpo fuera del suelo della y la puerta a de ser dentro de la dha iglesia […] y el tamaño que a de tener a de ser como otra capilla que diçen de Esteban Fernández…”. El montante de la fábrica correría a cargo de los cofrades del Rosario y de todos aquéllos dispuestos a contribuir, sin suponer costo alguno para el presupuesto parroquial. Las obras, dirigidas por Pedro Correa, debieron comenzar gracias a las aportaciones de muchos vecinos, pues un año después de conseguido el permiso, Alonso Romano, Juan Aguado Correa y Cristóbal del Barco, oficiales de la cofradía, manifestaban haber recibido los 20.000 maravedíes iniciales de mano de Juan Aguado Correa, hijo del difunto donante. Aun conociendo la realización de los trabajos, resulta imposible averiguar las características o envergadura de los mismos; por un lado, porque se ignora el modelo a imitar, es decir, la capilla de Esteban Fernández y, por otro, porque no se ha conservado la escritura contractual con el artífice encargado de las trazas, en la que, con seguridad, estarían especificadas las condiciones constructivas y económicas.

Últimos toques y donaciones

De lo que sí hay constancia es de las diferentes remodelaciones efectuadas a partir de la rehabilitación que se efectuó en la totalidad del templo en la segunda mitad del siglo xvii, para aliviar la escasez de espacio derivada del aumento incesante de fieles. Para ello, ante unos gastos que se presumían bastante considerables, no dudaron en contar con la cooperación de otras hermandades con más solvencia económica. Las contribuciones aportadas por la cofradía de San Sebastián quedaron anotadas en sus libros de contabilidad, como diera fe Pedro de Arriaga, escribano público de la villa. Por ello se sabe que ascendieron a 300 reales, abonados a los mayordomos del Rosario en dos plazos: el primero a finales de marzo de 1653 y el segundo, a finales del mes de abril del mismo año.
Es lógico pensar que una obra de semejante magnitud debía contar con un retablo acorde para enmarcar la imagen y, además, instruyera a los fieles por medio de escenas pintadas sobre la vida y los milagros de la Virgen. Los artistas debieron de cumplir rápidamente el encargo pues tan sólo dos años después de iniciar los trabajos arquitectónicos los regidores de la cofradía hablaban de la conclusión del retablo. Para conservarlo a salvo de intrusos y demostrar la supremacía de la cofradía del Rosario, Manuel Pantoja y Alpuche, caballero de la Orden de Calatrava, costeaba en 1663 la reja, valorada en más de 1.000 ducados. De ese modo, Pantoja se convertía en uno de los principales oferentes de la imagen y su capilla en la primera mitad del siglo xvii. Las donaciones de distintos objetos de oro y plata y vestiduras litúrgicas hechas por él y sus antecesores les llevaron a conseguir el patronato de una de las capillas más importantes de la parroquia valdemoreña, unido a un lugar privilegiado de enterramiento, como demuestran las lápidas sepulcrales esculpidas con las armas de su linaje que aún hoy se pueden contemplar en el suelo de la capilla del Rosario.
En torno a 1670, simultáneamente a la rehabilitación del templo parroquial, se emprendía una de las reconstrucciones más costosas, responsable quizá del levantamiento de la estructura y cubiertas, que supuso un desembolso de más de 10.000 ducados. Posteriormente, era preciso ornamentar el recinto y así lo manifestaron los cofrades: “Que se pinten los quince misterios de Nuestra Redención en la capilla de la manera que está pintada la imagen de Santo Domingo, recibiendo de rodillas las coronas y rosarios de mano de la Santísima Virgen” (apv).
Se desconoce si llegaron a realizarse dichas obras, si formaron parte del retablo que albergaba la imagen o serían tablas individuales, pero lo cierto es que las labores decorativas se prolongaron durante otra década, pues en 1690 se pintaron al fresco los cuatro misterios -uno en cada pared de la dependencia- y al año siguiente la cúpula de media naranja.

La imagen

Claro que todo gira en torno a la representación de Nuestra Señora del Rosario, la auténtica razón de ser del recinto. Según el que fuera párroco de Valdemoro entre 1928 y 1958, Lorenzo Pérez López, la imagen de la patrona fue comprada por el clérigo Alejo Correa en la segunda mitad del siglo xvi, con la limosna recogida entre los vecinos del pueblo. Probablemente ésta desapareciera en un incendio que se produjo mediado el siglo xviii tal y como relata el cronista Vicente López y López de Lerena quien también aseguraba que la existente en 1875 era la copia fiel de una mucho más antigua -posiblemente la adquirida por Correa- y había sido costeada por José Miranda, uno de los vecinos que más contribuyó a favor de las devociones y obras benéficas en el municipio y donante de las casas para la construcción del hospital de San José. Esta imagen fue ensamblada con restos de la anterior y restaurada en el último cuarto del xix gracias a la aportación de Javier de Lara, un potentado valdemoreño.
La que se venera actualmente es también una reconstrucción de ésta puesto que desapareció durante la Guerra Civil salvándose únicamente el Niño que es el mismo que ahora sostiene en sus brazos.

Incremento patrimonial

La imagen era una parte fundamental del fervor pero había que engrandecerla. Cofrades del Rosario y vecinos de Valdemoro no se mostraron parcos en donativos y obsequios para extender el culto y expresar el agradecimiento a la Virgen. Una de las primeras pruebas documentales -que aparece en un libro de matrimonios del Archivo Parroquial- corresponde a la compra de un trono y otros objetos de plata en 1651 a unos orfebres de Toledo por la cantidad de 31.600 reales. Veinte años después se completaba con la adquisición del carro triunfal para sacar a la imagen en procesión, utilizado en las ceremonias de canonización de San Francisco de Borja.
En 1740 se elaboró un inventario de las alhajas y archivo de la parroquia que se encuentra entre los fondos documentales de la iglesia Nuestra Señora de la Asunción, donde aparecen catalogados en apartado distinto los bienes privativos de la capilla; el patrimonio mueble estaba dividido en numerosos objetos de plata, joyas, ornamentos litúrgicos, lámparas y pinturas. Casi todos los relacionados procedían del legado de generosos devotos que a veces lo hacían constar grabando su nombre a los pies o alrededor de la pieza donada. De este modo se ha podido conocer la identidad de algunos de los que contribuyeron a incrementar las pertenencias de la capilla, vinculados a las familias más prestigiosas del municipio: Jerónimo Reluz, Margarita de Talavera, Francisco Gabriel Tenorio, Gabriel de Castro, el marqués de Alcañices, José de Miranda, entre otros, manifestaron su fervor por la imagen, a la vez que exteriorizaban su poderío económico personal.
Siguiendo el inventario es posible apreciar la considerable colección artística acumulada a través del tiempo: cuadros de diferentes advocaciones y esculturas de la Virgen y los santos adornaban paredes, altar y cajonería de la capilla y sacristía del Rosario.
Lamentablemente, igual que sucediera con gran parte del patrimonio histórico artístico de la parroquia, el antiguo esplendor que rodeó a la imagen del Rosario ha sido esquilmado en las diferentes confrontaciones bélicas y hoy se conserva muy poco de las ofrendas que generosamente aportaron las sucesivas generaciones de valdemoreños. A pesar de ello, en la actualidad aún se puede admirar una pequeña parte de esas riquezas, que indican no sólo la intención artística, sino también la didáctica y moralizante pretendida cuando fue proyectado el retablo. Las escenas de la vida de la Virgen, situadas en el interior del arco que cobija la imagen -la coronación, la Inmaculada y la dormición- completan un ciclo cuyo destino fue enseñar a los fieles los principales dogmas marianos de la Iglesia Católica.

El retablo mayor

Claro que al margen de la capilla de la patrona, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción encierra un más que notable patrimonio del que fue responsable, en gran medida, el conde de Lerena, cuidadoso inspector y mecenas de las reformas y restauraciones que se llevaron a cabo en el último tercio del siglo xviii.
Así, aunque las capillas que rodean la nave central cuentan con retablos de cierta calidad, entre los que destacan especialmente los de las capillas de la Virgen del Rosario, patrona de Valdemoro, del Cristo de la Agonía y de San José –todos ellos del siglo xvii y realizados en madera dorada y policromada- es, lógicamente, el de la capilla mayor el de más riqueza ornamental y artística.
Si bien el rey Carlos iv, a través de una Real Orden de 29 de diciembre de 1788, daba su aprobación para que Mariano Maella pintase “para la Yglesia de Valdemoro tres quadros, uno de la Asunción, otro de San Pedro Mártir y el otro de San Julián, entendiéndose para ello con el Sr. Dn. Pedro de Lerena”, lo cierto es que finalmente Maella se quedó compuesto y sin trabajo. Un cambio de planes al que no debió ser ajena la relación que se estableció entre el ilustre valdemoreño -secretario de Hacienda y responsable de la Real Fábrica de Tapices- y los artistas Francisco de Goya, Ramón y Francisco Bayeu, a la sazón pintores del rey y diseñadores de las telas de la real fábrica.
El caso es que, ya fuera por razones de afinidad personal, ya por preferencias pictóricas, Lerena eligió a los hermanos Bayeu y su cuñado, Francisco de Goya, para realizar las pinturas del principal retablo del templo, que iba a ser el tercero de los que habían ocupado el lugar preferente de la parroquia, puesto que se sabe que hubo uno que desapareció con las reformas que se llevaron a cabo en el edificio a lo largo del siglo xvii, para ser sustituido por otro realizado a partir de 1681.
Ya en el último tercio del siglo xviii y con el conde de Lerena a las riendas de la rehabilitación, decide que sea José Ballina el responsable del diseño de este retablo que conjuga a la perfección los elementos arquitectónicos con los pictóricos y los escultóricos. Realizado en estuco que imita mármol y madera sobredorada abraza el perímetro del ábside y alcanza la bóveda superior. Opta por líneas neoclásicas para la creación de un espacio rematado por una cornisa con un esplendor dorado sostenido por dos ángeles, dividido en tres calles -delimitadas por pilastras con capiteles dorados- de las que la central tiene un tamaño superior, tanto de alto como de ancho. Su principal virtud es lograr un acabado muy lujoso, merced a la simulación de mármoles, con materiales tan modestos como la madera o el yeso.
Las tres pinturas que lo adornan son: en el centro, La Asunción de la Virgen, de Francisco Bayeu; a la izquierda, San Pedro Mártir, de su hermano Ramón; y a la derecha, Aparición de la Virgen a San Julián, obispo de Cuenca, de Goya, fechadas en 1790, 1788/9 y 1786/7 respectivamente. Tres obras perfectamente integradas en el marco creado por Ballina y con iconografías complementarias, como lo demuestra el hecho de que los santos representados en las pinturas laterales se arrodillen ante el cuadro central.
Éste, obra de Francisco Bayeu, recrea una Virgen celestial envuelta en un manto y rodeada por una pléyade de ángeles, en contraste con una imagen más terrestre de los apóstoles, que contemplan asombrados el milagro de la resurrección.
Ramón Bayeu, por su parte, se encargó de la composición que recuerda el martirio de San Pedro, del que era especialmente devoto el conde de Lerena, cuyo nombre de pila, Pedro, hace pensar que el argumento del cuadro no fue casual.

Goya en Valdemoro

Sin embargo y a pesar de la calidad de los óleos de los Bayeu, la brillantez de Goya ha deslucido las obras de sus dos parientes. El de Fuendetodos creó para la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Valdemoro un lienzo de 262 centímetros de alto por 107 de ancho, en el que representa a San Julián, obispo de Cuenca, recibiendo la palma de una Virgen coronada de rosas. A los pies del santo, un canasto recuerda una de las ocupaciones que practicaba simultáneamente a las eclesiásticas: fabricar canastos de mimbre, un vegetal muy abundante en toda la provincia de Cuenca, para con su venta atender a los más necesitados. Según parece fue el propio conde de Lerena quien eligió el motivo del cuadro, para recordar los orígenes conquenses de dos de sus esposas y así rendirles homenaje.
Desde el punto de vista estilístico, pertenece a la etapa más neoclásica de su autor, aunque está impregnado por la corriente arquitectónica que entonces hacía furor en la corte y con cierta influencia de los colores pastel característicos de su cuñado. El dibujo deshecho y la representación simplificada de los símbolos episcopales muestran, también en Valdemoro, la modernidad de un pintor que se adelantó a su tiempo.
Con todo y a pesar de que la trascendencia de esta obra dentro de su producción pudiera resultar un tanto secundaria –pues en palabras de Antonio Bonet Correa es “un goya anterior a Goya”-, lo cierto es que siempre se ha solicitado su concurso para completar exposiciones monográficas de este sordo genial por todo el mundo. La última de ellas fue Goya. La imagen de la mujer, que se exhibió en octubre de 2001 en el museo del Prado.

Los frescos

Otro de los artistas estrechamente vinculados a la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción es Antonio van de Pere (1618-1688), un representante del barroco madrileño de ascendencia flamenca que realizó buena parte de su producción en Toledo y Alcalá de Henares. En Valdemoro dejó, en torno a 1660, su creación al fresco en la bóveda de la nave. También se le han atribuido las pechinas de la cúpula de la capilla mayor y el coro de la iglesia, si bien el hecho de que -a diferencia del resto de su obra en el edificio- no estén firmadas, induce a pensar que pudiera no ser el autor de las mismas.
Los cuatro evangelistas representados con el Tetramorfos (símbolo de éstos, consistente en cuatro figuras humanas con cabeza de animal: toro, león, águila y ángel) y apoyados en una nube, decoran las pechinas, que aparecen rematadas por unas guirnaldas de frutas y unos niños.
La bóveda, por su parte, está ornamentada con cinco escenas, a saber: Adoración de los Magos, conversión de San Pablo, degollación de San Juan Bautista, martirio de San Sebastián y Asunción de la Virgen, colocadas, respectivamente, desde los pies del templo hasta el altar, y rematadas en el coro con la representación de la Trinidad, La Virgen, San José y numerosos santos y personajes bíblicos, rodeados por la gloria celeste. Dice la tradición que uno de los personajes que forman parte de la escena, el que porta la leyenda: “San Felipe Neri”, es el retrato del párroco de la época, don Juan Meléndez, fundador de una congregación en la parroquia valdemoreña dedicada a seguir las enseñanzas del santo florentino.
Colores terrosos y pardos, figuras estilizadas, cabezas pequeñas y pliegues diminutos en la vestimenta constituyen la impronta de Van de Pere en sus creaciones para la iglesia de Valdemoro, entre las que también destaca un lienzo del Bautismo de Jesucristo. En la actualidad el cuadro se encuentra en la antesacristía, un espacio en el que destaca el magnífico techo de artesonado de madera y origen incierto.

Otros tesoros pictóricos

Sin lugar a dudas las buenas relaciones que el conde de Lerena mantenía con el entorno de la corte resultaron decisivas para conseguir la participación de artistas de renombre en las tareas de ornamentación de la iglesia de su patria chica.
Sin embargo, con anterioridad, Claudio Coello (1642-1693), pintor de cámara del rey Carlos ii y autor de numerosos retratos de sacerdotes y cortesanos que pueblan las paredes del monasterio de El Escorial, había dejado su rastro en Valdemoro: sus dinámicas y opulentas interpretaciones de San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, prácticamente de tamaño natural, se hicieron un lugar en la cabecera del templo, a los lados del presbiterio -aunque también en otro tiempo hayan decorado la antesacristía-.
A Pedro de Cisneros, un artista toledano que secundó el estilo del primer Renacimiento, encarnado por Juan de Borgoña, está consagrada, sin embargo, la sacristía. Sus cuatro tablas, que representan a San Sebastián, Santa Águeda, San Antonio y la imposición de la casulla a San Ildefonso, datan de 1540. Este mismo espacio alberga también varios lienzos procedentes mayoritariamente de donaciones, entre los que destaca una copia antigua de un San Pablo Ermitaño, de Ribera, cuyo original está en el museo del Prado, además de otras obras de cierto valor artístico, como un Crucificado de la segunda mitad del siglo xvii, incorporado a un retablo dedicado a la Virgen de época posterior (1757).

De la carroza al Archivo Parroquial

Al margen de lo pictórico, la carroza de la patrona es, sin lugar a dudas, otro de los grandes atractivos del templo. Fueron los padres de la Compañía de Jesús quienes encargaron su construcción a unos artistas toledanos, allá por la segunda mitad del siglo xvii, para conmemorar la canonización de San Francisco de Borja. Pagaron por ella 18.000 reales de vellón y ya en 1671 los cofrades del Rosario se la compraron por 4.000 reales. Desde entonces hasta hoy ha permanecido en la iglesia, de donde únicamente ha salido para lucir todo su esplendor en cada una de las procesiones que se celebran en honor a Nuestra Señora del Rosario, en las fiestas patronales de septiembre.
A pesar de su riqueza, el patrimonio artístico no es el único tesoro que se oculta tras los muros de la iglesia. Su Archivo Parroquial es un referente esencial para cualquier estudioso interesado en la historia de Valdemoro, puesto que cuenta con documentos de gran valor para conocer distintos aspectos de la sociedad, la economía, la historia de las mentalidades o la religiosidad de los valdemoreños a lo largo de los siglos. La inscripción más antigua data de 1498. Los libros sacramentales permiten conocer todos los bautismos que se efectuaron en el pueblo entre esa fecha y 1859, así como los matrimonios que se celebraron desde 1564 a 1907 y las defunciones que se produjeron entre los años 1559 y 1913. Legajos todos ellos que serán digitalizados para garantizar su conservación, merced a un convenio suscrito el 7 de septiembre de 2006 entre la Fundación Valdemoro Siglo xxi y la empresa pública Arpegio, por el que se invertirán 36.000 euros en registrar en soporte digital los 100.000 documentos del archivo que se custodian en la sacristía de la iglesia.

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| Datos de interés

| Situación:
Plaza de Nuestra Señora del Rosario c/v calle Luis Planelles c/v callejón de La Torre.

| Autor y fecha:
Anónimo, 1518-(?).

| Uso:
Religioso.

| Horario de invierno:
De lunes a sábado: 19.30 h.
Domingo y festivos: 11.00, 12.00, 13.00 y 19.30 h.

| Horario de verano:
De lunes a sábado: 20.30 h.
Domingo y festivos: 12.00, 13.00 y 20.30 h.

| Protección:
Declarado Monumento Histórico Artístico el 4 de diciembre de 1980, (BOE 27 de enero de 1981) e incluido como tal en el Registro General de Bienes de Interés Cultural del Ministerio de Cultura. Dentro del Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos del Plan General de Valdemoro (PGV) con protección integral del edificio, protección de parcela y protección integral del rollo de justicia.

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