Fuente de la Villa y Lavadero Municipal

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Fuente de la Villa y Lavadero Municipal 2017-03-07T11:00:02+00:00

Project Description

Fuente de la Villa y Lavadero Municipal

Fue una de las obras acometidas por el Concejo con motivo de la instalación de la Feria Comercial a comienzos del siglo XVII y fue construida para que abrevara el ganado de los mercaderes y de los habitantes del pueblo. Consta de tres caños y está coronada por el escudo de la villa. En 1778 fue reedificada, en 1940 restaurada y a principios de 2004 fue objeto de una nueva limpieza y rehabilitación que afectó tanto a la piedra como a la canalización de sus aguas. Antiguamente estas iban a verter al lavadero público, un edificio que es actualmente la sede del Aula de Danza de la Universidad Popular de Valdemoro.

Texto completo publicado en el libro Edificios que son historia

Desde 1605 en que fue construida, la Fuente de la Villa fue el referente básico para el abastecimiento de agua de todas las familias del concejo. Fabricada en piedra caliza procedente de Colmenar de Oreja y coronada por el escudo de Valdemoro, su construcción se planteó como una infraestructura necesaria para el pueblo tras la puesta en marcha de la feria comercial que se desarrollaba cada año en la plaza mayor desde 1603 y a la que acudían numerosos mercaderes de los alrededores.
Pronto se convirtió en foco de atracción para todo el vecindario que, diariamente, formaba en procesión acarreando cántaros con los que asegurarse la presencia del líquido elemento en sus hogares. Allí coincidían con los forasteros que acudían a comprar o vender mercancías diversas y realizaban una parada en la fuente para refrescarse y limpiarse el polvo del camino, con los aguadores y también con los tratantes de ganado, al que llevaban a abrevar en los regatos que se formaban en las inmediaciones con el agua sobrante.
La presencia constante de animales en la zona propició la construcción, en la parte trasera de la fuente, de un pilón destinado en exclusiva a abrevadero, al que pronto comenzaron a acudir las lavanderas a hacer la colada.
Esta situación de facto puso de manifiesto la necesidad de habilitar un espacio para que las mujeres de la época realizaran dicha tarea doméstica en las mejores condiciones posibles para un pueblo que, como es el caso de Valdemoro, no cuenta ni siquiera con un pequeño riachuelo en el que poder llevar a cabo estos menesteres. Así, en una fecha indeterminada, se construyeron dos pilones más adosados al primitivo abrevadero, que ya en los albores del siglo xix eran lugar de cita obligada para las lavanderas valdemoreñas. Las mismas que el 27 de junio de 1867 se plantaron ante el entonces primer teniente de alcalde, Eugenio Sierra, para hacerle llegar su indignación por haber acudido a lavar sus ropas a los pilones de la fuente pública y hallarlos sin agua. Ante el descontento de sus usuarias, el Pleno del Ayuntamiento acordó que no se soltara el agua de los pilones entre semana y sí cada sábado a última hora como, según parece, era costumbre desde mucho tiempo atrás.
Las mujeres acudían a las pilas de la Fuente de la Villa con sus carretillas cargadas de ropa, jabón de fabricación casera, lejía para hacer la colada y enormes barreños de zinc. Las jornadas transcurrían entre la laboriosidad de un trabajo al que las heladas invernales hacían especialmente duro y la animada charla con las compañeras de fatigas. Tampoco faltaba quien entonase canciones populares del momento.

Una obra de “preferente atención”

Y así transcurrió prácticamente todo el siglo xix hasta que en la última década de la centuria, las autoridades concejiles comenzaron a interesarse por las condiciones de salubridad y seguridad del lavadero público. Una preocupación que quedó convenientemente registrada en los libros de acuerdos municipales de la época, que custodia el Archivo Municipal de Valdemoro. En la sesión del 22 de septiembre de 1896, el presidente de la comisión de obras pone de manifiesto la “preferente atención” que todos los integrantes de la misma han dedicado a los lavaderos públicos de ropas por razones que tanto tenían que ver con la salud como con el bienestar de las usuarias. En este sentido, las actas recogen la necesidad de acondicionar unas instalaciones que “carecen de toda clase de comodidad para las personas que a ellos concurren, pues tienen que sufrir toda clase de interperies (sic.)”. A ello se añade la circunstancia de que al “hallarse no solamente al descubierto, sino también cercados con una pequeña pared y sin puertas, hace que a la autoridad le sea casi imposible vigilar que en las épocas de epidemias se confundan las ropas o laven éstas durante las horas de la noche”.
Esta preocupación por las condiciones higiénicas venía de antiguo. Tenía su origen en la epidemia de calenturas que se extendió por el pueblo en 1847 como consecuencia de la falta de limpieza del alcantarillado y el embalse de aguas de la calle Grande (Estrella de Elola).
Ante tan apremiante situación, las autoridades municipales deciden la construcción de un edificio que acoja en su interior los pilones que en esas fechas se utilizaban para hacer la colada. Las obras, declaradas “de mayor utilidad general”, se inician a caballo entre 1896 y 1897, aunque hubieron de transcurrir dos años hasta darlas por concluidas, no sin antes ser objeto de controversias y abiertas discusiones entre los ediles e incluso motivo de quejas de las usuarias.
El mal estado de las primitivas piletas, que hizo necesaria su reconstrucción, y el minucioso seguimiento que las autoridades municipales realizaron de cada fase de las obras fueron las principales razones por las se desarrollaron con tanta lentitud.
El Libro de Acuerdos 1896-1899 (amv) da fe, de manera pormenorizada, de todas las dificultades que hubieron de superarse. El final del siglo llegó sin haber conseguido ver finalizada la obra.

Del problema del dinero al dinero no es problema

Ante esta situación de “extraordinaria urgencia”, se acuerda solicitar al gobernador civil que “se digne declarar exceptuadas dichas obras de pública subasta y se verifique por administración municipal”. Queda así clara la intención de acelerar los trámites al máximo. Pero la voluntad no fue suficiente. El coste del proyecto fue uno de los primeros escollos puesto que en el presupuesto municipal del ejercicio 1896-97 se le asignaron 4.000 pesetas, una cifra que pronto se demostró insuficiente a la vista del “mal estado que tenían los cimientos de los pilones y, por otro, los muchos jornales y materiales que han sido necesarios para el arreglo, formación de paredes y demás para cubrir dichos lavaderos”. De hecho, recién iniciadas las obras ya se habían invertido 3.522,8 pesetas, casi el 90% del presupuesto.
Decisiones puramente arquitectónicas como el tipo de cubierta más adecuado para estas instalaciones también fueron objeto de debate en el salón de plenos, con el consiguiente freno del ritmo de las obras. Dos fueron las propuestas de tejado que se realizaron en el Pleno celebrado el primero de noviembre de 1897: “la primera empleando tabla amachihembrada y teja plana, cuyo coste […] será […] de unas mil doscientas diez pesetas […]”, y la segunda, “empleando tabla de ripia y teja ordinaria […] siendo su importe medio de estos materiales el de novecientas a novecientas cincuenta pesetas, más los gastos de portes y colocación”. La elección fue unánime: se optó por la primera de las posibilidades. El dinero ya no era un problema.

Demora y agria polémica

Y del tejado al suelo porque la siguiente referencia al lavadero público en el mencionado libro de acuerdos es una suerte de apremio para concluir las tareas de edificación, ya que a fecha 14 de septiembre de 1898 aún quedaba pendiente el solado y el cierre de dos huecos habilitados como puertas. Los constructores, no obstante, no se dejaron amilanar por las presiones puesto que dos meses después y en una sesión plenaria, los ediles todavía pedían explicaciones al regidor acerca de las verdaderas causas de la morosidad en la inauguración de un edificio caracterizado por la sencillez de su estructura arquitectónica. Uno de los concejales interrogaba de nuevo al alcalde sobre los fundamentos de tanto retraso. Un interrogatorio que estaba avalado por las quejas “de las personas que lavan sus ropas en dichos locales, quejas muy fundadas, toda vez que, en la época actual, hallándose como están sin cubrir los huecos de puertas y ventanas pueden ser causa que las corrientes de aire produzcan consecuencias desagradables”. Argumento contundente sin duda del que, no obstante, no derivaron resultados inmediatos. El 20 de noviembre de 1898, la Corporación protagonizó un agrio debate acerca de la cuestión, que concluyó, una vez más, con el acuerdo de cerrar “los dos huecos de puertas que miran a Poniente, por medio de un tabique de ladrillo; respecto a los huecos de ventanas, se resguarden del frío, poniendo bastidores de madera, con cristales por la parte de dentro y con tela metálica por la parte de fuera”, de la manera más económica posible.
En abril de 1906 acordaron sacar a subasta las obras necesarias para terminar el lavadero, así como el pliego de condiciones. Los trabajos fueron presupuestados en 1.915,60 pesetas y afectaban a la carpintería, albañilería, cerrajería, vidriería y pintura de los paramentos, rejas, puertas, ventanas, etc. La adjudicación pública fue celebrada el 20 de julio de 1906 y recayó en un contratista de Valdemoro, Vito Piquenque, por un importe de 1.692 pesetas y finalmente fue él quien concluyó la construcción ese mismo año.
No obstante, un edificio de uso tan frecuente y continuado siempre necesitaba reparaciones, por lo que se conservan diferentes acuerdos plenarios hasta la segunda mitad del siglo xx que hablan de las obras que periódicamente debían efectuarse para mantenerlo en perfecto estado.

El edificio

El resultado de tantos debates en las sesiones plenarias, de tantas decisiones tomadas y no ejecutadas y de tantos acuerdos llevados a la práctica con meses e incluso años de demora, fue un inmueble de fábrica de ladrillo de tejar con cajas de mamposteria y una única nave exenta. Por lo que se refiere a la tan traída y llevada estructura de la cubierta, es de cimbras de madera con pares y entablado también de madera. La parte externa de la techumbre está revestida de teja plana.
La luminosidad es la principal característica de una construcción que tenía su sello de identidad en la decena de grandes ventanales cuyo cerramiento fue durante mucho tiempo motivo de discordia entre las autoridades concejiles. Pero la luz también entraba por cada una de las 16 ventanas de ventilación permanente, cerradas con celosías de madera, que remataban los muros.
El interior era diáfano aunque la parte central estaba ocupada por los dos pilones contiguos, uno de lavado y otro de aclarado, a los que llegaba el agua procedente de la Fuente de la Villa tras su paso por el abrevadero que unía la fuente con el propio edificio. El agua sobrante de la pileta en la que bebía el ganado, que estaba formada por bloques de piedra caliza unidos entre sí por lañas de hierro, pasaba a los pilones del interior del lavadero a través de un rebosadero situado en el extremo adosado a la pared de la edificación. Y es que el lavadero de Valdemoro pertenecía al tipo de estructura lineal en que fuente, abrevadero y pilas de lavado estaban colocados uno detrás de otro.
Asimismo, en la pared opuesta a la entrada principal se apoyaba otra fuente de fundición con dos larguísimos caños, popularmente conocida como “fuente pequeña”, que completaba el conjunto arquitectónico del lavadero, ubicado en un entorno de frondoso arbolado.
Allí acudían las lavanderas con sus tablas y allí permanecían durante horas, puesto que hacer la colada era un proceso complejo que se fue simplificando según avanzaba el siglo xx, cuando el jabón y las lejías sustituyeron a la ceniza como producto indispensable para el blanqueo de la ropa.

El guarda

Los días de mayor afluencia de usuarias eran los lunes, en que podían llegar a la cincuentena las mujeres que se reunían en torno a los dos pilones.
Pronto el guarda comenzó a ser una figura clave en estas instalaciones ya que al ser un edificio público cerrado, él era el encargado de abrirlo cada mañana, mantenerlo limpio y vigilar que la jornada transcurriera en calma. Y es que no era del todo raro que surgiera alguna que otra disputa entre las lavanderas por la elección del mejor puesto de lavado, que coincidía con el rebosadero por el que entraba el agua más limpia.

Un grifo en cada casa

Esta era la rutina en la que transcurrió la primera mitad de la pasada centuria hasta que uno de los mayores progresos del siglo, la llegada del agua corriente a las casas, acabó con las idas y venidas de las lavanderas al edificio del paseo del Párroco Don Lorenzo.
El que había sido templo de largas conversaciones, de dimes y diretes, de discusiones…, amén de testigo de las complicidades y los sinsabores de las mujeres de la época, quedó convertido en un fósil. Aunque no quedó en el olvido; en el Catálogo de Protección del Patrimonio Arquitectónico incluido en las Normas Subsidiarias del Municipio (1987) aparece registrado como edificio protegido a nivel estructural y con uso cultural permitido, si bien en ese momento se estaba utilizando como almacén. En este sentido, dicho catálogo establece que cualquier reforma que se lleve a cabo en el lavadero deberá respetar la nave anterior como espacio único, además de poner de manifiesto la necesidad de cambiar la puerta de chapa. En las mismas normas subsidiarias la Fuente de la Villa tiene el número dos de protección integral.
Durante las décadas de los sesenta, setenta y buena parte de los ochenta del siglo pasado y como consecuencia de la ley de los hechos consumados, quedó transformado en un almacén municipal que cobijaba lo mismo señales de tráfico que herramientas de jardinería, hasta que a comienzos de 1989 el Ayuntamiento propone su rehabilitación y acondicionamiento para gimnasio municipal o espacio deportivo destinado a exhibiciones. Para entonces, los pilones de lavado ya habían sido sacrificados. Fue en los años setenta y el objetivo era hacer hueco al utillaje de los servicios municipales.

El nuevo edificio

Por lo que se refiere al proyecto de obra de 1989, fue elaborado por la Dirección General de Arquitectura de la Consejería de Política Territorial y del mismo resultó el edificio actual. La solución constructiva planteada para el interior estuvo condicionada por la necesidad de instalar aseos y una zona de vestuarios para los que, finalmente, se desarrolló una planta sótano. La comunicación entre ambas plantas se solventó a través de una escalera circular, externa a la construcción y protegida por un muro perimetral ciego, a la que la iluminación natural penetra por una claraboya.
Pero las obras también trajeron consigo pequeños cambios, como la recuperación de las cuatro puertas con que contaba el edificio en sus orígenes o el acristalamiento de los vanos de ventilación que, no obstante, conservaron sus emblemáticas celosías de madera.
Finalizado el proceso de acondicionamiento, las autoridades municipales optaron por dedicarlo a aula del taller de Danza de la Universidad Popular de Valdemoro (upv) que, por entonces, daba sus primeros pasos. Hoy, más de tres lustros después, las canciones populares que entonaban las lavanderas a comienzos del siglo pasado han sido sustituidas por la música, a ratos clásica, a ratos contemporánea, a cuyo ritmo ensaya sus movimientos el alumnado de la upv. Sus acordes envuelven cada tarde al conjunto de la Fuente de la Villa y el lavadero en un ambiente de ensoñación.

| Datos de interés

| Situación:
Calle Illescas c/v paseo del Párroco Don Lorenzo.

| Autor y fecha:
Anónimo, 1896-1898.

| Uso:
Ornamental.

| Horario:
Vía pública.

| Protección:
Incluida en el Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos del Plan General de Valdemoro (PGV) con protección integral como elemento aislado.

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