Convento de la Encarnación

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Convento de la Encarnación 2017-03-07T11:00:02+00:00

Project Description

Convento de la Encarnación

El edificio, perteneciente al siglo XVII, está situado al sur de la población, cercano a la Fuente de la Villa. Aunque los documentos no aportan la información necesaria para conocer la fecha de su construcción, no sucede lo mismo con respecto al autor del proyecto

La similitud con el resto de su obra ha hecho posible la atribución del trazado de los planos al arquitecto Juan Gómez de Mora. Pedro de Lizargárate, aparejador, y Fray Alberto de la Madre de Dios, constructor, fueron los encargados de redactar las condiciones específicas para ejecutar las obras del convento.

La terminación tuvo lugar en tan sólo tres años, inaugurándose el 19 de mayo de 1616 con gran boato y la concurrencia de los más encumbrados personajes de la Corte, incluida la familia real. Su fundación fue a cargo de don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, Duque de Lerma, señor de Valdemoro desde 1602 hasta 1625, dentro de la gran suma de privilegios concedidos a la villa mientras duró su patronazgo.

La iglesia constituye el elemento más interesante del conjunto arquitectónico; aparece integrada en el ala norte del edificio monacal, su planta es de cruz latina con una sola nave, cúpula sobre el crucero y coro alto a los pies con reja de clausura.

La nave se cubre con bóveda de cañón dividida en tres tramos mediante arcos fajones sustentados por pilastras con capiteles arquitrabados.

Dentro de ella merece destacar el retablo mayor, decorado con dos pinturas de cierta categoría: La Encarnación, motivo principal, y El Calvario, en el ático; ambas partícipes de la misma técnica pictórica, óleo sobre lienzo, atribuidas a la escuela madrileña del primer tercio del siglo XVII.

Los materiales de las fachadas son los típicos de las construcciones toledanas formadas por cajones de mampostería asentadas entre franjas horizontales de ladrillo. La principal se corresponde con el lado de la Epístola de la iglesia y tiene como eje la portada de entrada rematada con la escultura de Santa Clara y dos escudos nobiliarios que representa a la Casa de Lerma.

Texto completo publicado en el libro Edificios que son historia

Hay que remontarse al año 1602 para atisbar los orígenes más remotos del convento de las clarisas de Valdemoro. Fue en esa fecha cuando su fundador, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, duque de Lerma, se convirtió en señor de la localidad tras comprarla a los herederos de su anterior propietario, el marqués de Auñón, según consta en la escritura de compra venta fechada el 19 de marzo de ese año, tal y como recogen Román Baíllo en su obra Valdemoro y Luis Cervera Vera en un artículo publicado en el Boletín de la Sociedad Española de Excursiones (1954-1956).
El objetivo del duque no era otro que conseguir los favores del monarca Felipe iii, para lo cual pretendía poner Valdemoro a disposición del rey con la intención de que, cada vez que éste emprendiera viaje a Aranjuez, recalara en el concejo a reponer fuerzas.
Sin embargo, el traslado de la corte a Valladolid, allá por 1601, frustró temporalmente sus planes, así que el duque decidió no malgastar energías y se dedicó en cuerpo y alma a agasajar al monarca en su nuevo destino, olvidando sus deberes para con sus posesiones al sur de la anterior capital cortesana.
En este contexto no es de extrañar que con el regreso de la capitalidad a Madrid se despertara de nuevo el interés de Francisco Gómez de Sandoval y Rojas por su señorío.
La toma de posesión del duque de Lerma sobre Valdemoro se hizo efectiva en mayo de 1602 con toda la pompa y el boato que la ocasión requería: festivales taurinos, fiestas, música, baile… Después de estos eventos y tras la desidia inicial provocada por el desplazamiento de la corte, poco a poco fue materializando los planes que tenía para estrechar su relación con el monarca, vía Valdemoro. Rara era la ocasión que dejaba pasar sin festejar al rey en el pueblo, al tiempo que fue concentrando en sus manos toda la organización administrativa, económica y judicial de sus dominios.

De lo terrenal a lo divino

Así, una vez establecido y responsabilizado de su patrimonio terrenal en Valdemoro, el duque decidió dar sus primeros pasos en el ámbito de lo divino, en una época en que los poderes político y económico sólo adquirían toda su influencia si contaban con la protección del estamento eclesial.
Sabedor de que el nivel de engrandecimiento al que él aspiraba sólo lo alcanzaría a través de la pasión religiosa, enseguida se lanzó a promover la construcción de un edificio consagrado al culto divino.
La decisión de fundar un convento le vino dada por sus lazos de sangre con las Descalzas Reales de Madrid, donde profesaban dos de sus primas y una sobrina. El respaldo de las altas instancias eclesiásticas lo tenía garantizado también a través de un ilustre miembro de su parentela: Bernardo de Sandoval y Rojas, a la sazón tío suyo; fue Cardenal Arzobispo de Toledo entre 1599 y 1618 y, en consecuencia, el encargado de conceder la autorización para la fundación del convento. Un permiso con el que el tío devolvió al sobrino los favores recibidos de éste. Y es que su rápida obtención del capelo cardenalicio no fue ajena a la influencia del duque, en cuyo honor el purpurado cambió el orden de sus apellidos (de Rojas y Sandoval), antecediendo el de Sandoval como agradecimiento y halago al señor de Valdemoro.
La licencia de fundación fue otorgada el 14 de noviembre de 1609 y en ese mismo momento empezaron las prisas por ver hecho realidad el proyecto monástico del duque de Lerma. Conseguirlo no fue tarea fácil. Las monjas llegaron a Valdemoro poco más de diez días después, el 25 de noviembre, en medio de solemnes celebraciones en la iglesia. Pero el convento no estaba preparado.

Convento provisional

A falta de un edificio conventual como Dios manda, se instalaron en el hospital de San Andrés, actual centro cultural Juan Prado. Este modesto y maltrecho edificio era propiedad de la cofradía de San Sebastián, que lo utilizaba para albergar y dar cobijo a los pobres de la villa, por lo que el recinto no resultaba confortable ni adecuado para las madres, máxime si, como era el caso, estaban emparentadas con la nobleza y el alto clero.
Esta primera comunidad de clarisas estaba constituida por cuatro monjas y otras tantas novicias. De las que ya habían tomado los votos, tres eran familiares directas del duque de Lerma: sus primas, sor Francisca de Jesús y sor Juana Evangelista, hermanas entre sí, y su sobrina, sor Ana de San Víctor, que hacía las veces de abadesa y vicaria de la comunidad. Junto a ellas llegó también sor Isabel de la Visitación.
Las ocho religiosas procedentes del convento de las Descalzas Reales de Madrid vivieron momentos muy difíciles en los primeros tiempos de su estancia en Valdemoro, puesto que a las malas condiciones de habitabilidad del hospital de San Andrés se añadían las estrecheces económicas. Tanto era así que cuando se cumplió un año de su presencia en el concejo recibieron la visita del Arzobispo de Toledo, que vio con profundo pesar cómo tres mujeres de su familia vivían en una situación tan lamentable que resultaba espartana incluso para la austeridad de la orden franciscana.

Limosnas por doquier

Así las cosas, el duque decidió interceder por ellas ante el monarca y, alegando que las hermanas rezaban “a Dios por el buen subçeso de las cosas reales”, le solicitó permitiera cortar 24 carretadas de leña de los sotos de Aranjuez para la construcción de un edificio más acorde con las necesidades de las religiosas, una petición que el rey aceptó satisfacer de buen grado, en concepto de limosna. Corría el mes de julio de 1611.
Pronto la leña no fue suficiente para las aspiraciones del señor de Valdemoro y la celeridad con que deseaba ver hecha realidad su obra. Así que continuó solicitando el apoyo real con el fin de abaratar los costes de edificación del convento y siempre contó con la generosidad de Felipe iii, que llegó a ceder a su valido el trabajo de los carreteros de Valdemoro que estaban al servicio de la Corona, para transportar hasta el pueblo los materiales de construcción destinados a la edificación del nuevo recinto religioso. El acuerdo pasaba por llevar a pie de obra y en los tres meses del inicio de la misma, “15.000 carros de piedra de mampostería de 40 arrobas cada uno”, además de “400.000 ladrillos, 64.000 tejas y 18.000 fanegas de cal”, según quedó establecido en la Real Cédula de 22 de septiembre de 1612. Al año siguiente la magnanimidad del monarca se tradujo en el regalo a las clarisas valdemoreñas de dos arrobas de agua de olor y tres cargas de fruta de invierno, según menciona Luis Cervera Vera en su artículo.
Pero el duque de Lerma no se conformó con las dádivas reales y extendió sus peticiones para subsanar la penuria de las religiosas a todas las instancias que tuvieran algo que ofrecer. Buena parte de ellas dio resultados más que satisfactorios. Así, el Concejo les proporcionaba con cierta periodicidad limosnas de diversa cuantía, aunque no fue tan fácil conseguir que la cofradía de San Andrés cediera sus bienes para invertirlos en la fábrica del monasterio, según había quedado estipulado en una bula del papa Paulo v (1613) que se conserva en el Archivo Municipal de Valdemoro. En ese caso fue precisa la intervención del delegado aapostólico para que se ejecutara el dictamen papal, dada la poca predisposición de la cofradía a ceder sus propiedades.
Solventados los problemas económicos más acuciantes, se inició el proceso de construcción del nuevo edificio, en las afueras pero “cerca de la fuente de la villa”, según consta en el acta del 14 de mayo de 1616 del Libro de Acuerdos de 1596-1621 (amv).
Fue el propio duque de Lerma quien eligió la ubicación del convento y decidió ampliar la parcela inicialmente destinada a tal fin, con la adquisición de unas tierras a cinco vecinos de Valdemoro por importe de 201.000 maravedíes.
Aunque se ignora el momento exacto en que empezaron a desarrollarse los primeros bocetos del convento, se ha conservado una escritura de obligación (ahpm) para su construcción con fecha 9 de febrero de 1613, en la que se habla de la existencia de una “traza y perfil” del edificio, algo así como un primer proyecto del mismo, cuya autoría se desconoce, aunque hay autores que apuntan a Juan Gómez de Mora, por entonces maestro mayor de obras de Su Majestad.

Las trazas y las obras

Sea cual fuere el titular de dichas trazas, quienes redactaron las condiciones para la construcción del convento, esto es, las pautas que definieron el diseño arquitectónico y la ejecución de las obras fueron el aparejador Pedro de Lizargárate -que trabajó en las obras del Alcázar de Madrid, en El Pardo, Aranjuez y Toledo- y el carmelita fray Alberto de la Madre de Dios, que trabajó principalmente al servicio del duque de Lerma y fue ayudante de Francisco de Mora. Intervino además en el diseño de varios conventos para diferentes órdenes monásticas en distintos lugares de la Corona de Castilla: el monasterio de la Encarnación de Madrid junto a Juan Gómez de Mora, así como el convento de las Carmelitas de Afuera de Alcalá de Henares o el dominico de Santo Domingo de Huete.
Fueron varios los maestros de obra que optaron al concurso para la realización del edificio aunque finalmente fue Jerónimo Fernández Hurtado el adjudicatario. Contaba con el beneplácito del duque de Lerma, a pesar de que hubo posturas más económicas que la suya.
En el contrato entre el señor de Valdemoro y Fernández Hurtado (ahpm) quedaba recogido que correspondía a éste poner “la manifatura, erramientas y pertrechos”, mientras que el duque de Lerma debería darle los materiales de construcción “puestos a pie de obra”.
Dicho documento determinaba también y con mucho rigor las características de la fábrica: ladrillo y “piedra blanca de las canteras de Pinto” con los sillares “muy bien labrados y trinchantados”. Se establecían también las proporciones de cal en los morteros y la obra de yesería en paramentos y cornisas, el sistema de forjados, la albañilería de los pilares y arcos del claustro, el solado del edificio conventual -todo él de ladrillo de Valdemoro raspado y cortado-, la carpintería de la iglesia… Todo descrito hasta el mínimo detalle.
Como en la actualidad, también se fijó un plazo de ejecución de tres años, durante los que el maestro de obra percibiría mensualmente 300 ducados, además de los 500 que se embolsó a la firma de las escrituras.
En la sombra, de nuevo, aparecen las figuras de Pedro de Lizargárate y Fray Alberto de la Madre de Dios, siempre dispuestos a dejar todo atado y bien atado para que la fábrica del convento se ajustase perfectamente a la idea que del mismo tenía el señor de Valdemoro. Las indicaciones de estos dos hombres prácticos no eran en absoluto superficiales. Llegaban al alcantarillado, la cocina, los desagües, las proporciones en que habían de mezclarse los materiales… Ni ellos dejaron nada al azar ni Fernández Hurtado se negó a ejecutar ninguna de sus propuestas desde que empezaron los trabajos, en mayo de 1613, hasta que concluyeron dos años después.
Los remates se prolongaron todavía a lo largo de 1616: vidrieras, campana y cerrajería fueron algunos de los detalles que se añadieron durante el año siguiente a la conclusión de las obras. También la ornamentación. Los dos escudos de la casa de Lerma que flanquean la portada de la iglesia conventual fueron un encargo directo del duque de Lerma al escultor Antonio Riera, que cobró por su arte 1.200 reales.

Inauguración

Por fin, el 19 de mayo de 1616 se llevó a cabo el traslado de las monjas a las nuevas instalaciones en medio de grandes celebraciones que contaron con la asistencia del rey, acompañado de la flor y nata de su corte.
Valdemoro fue engalanado para la ocasión de manera muy vistosa con ornamentos y entoldados decorando los balcones y ventanas. El Concejo acordó en sesión plenaria aportar su grano de arena a la causa de las religiosas y su mentor, el duque de Lerma, con festejos taurinos en los que se lidiaron una docena de reses, amén de otras celebraciones en las que se confundía lo religioso con lo profano. Bodegoneros y cabriteros se desplazaron desde la cercana corte para atender la gran demanda producida por tan importante evento social, según la documentación que se conserva en el Archivo Histórico Nacional.
Las clarisas se trasladaron desde el hospital de San Andrés -el que había sido su hogar durante los últimos siete años- a su nueva y definitiva residencia en medio de una comitiva procesional encabezada por el mismísimo Felipe iii, del brazo de la abadesa, sor Ana de San Víctor. Les seguían el resto de las monjas, flanqueadas cada una de ellas por dos grandes de España, y la reina, que formaba pareja con el duque de Lerma y señor de Valdemoro, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas.
Una vez que las hermanas de la orden de Santa Clara tomaron posesión del edificio continuaron los trabajos para completar y ornamentar cada una de las dependencias del convento y aledaños. Primero fue una fuente en la huerta, donde después se construyó el estanque y la cerca que marcaba el perímetro y finalmente, en 1618, concluyeron las obras.
Para entonces el duque no vivía su mejor momento y se le hizo muy cuesta arriba el pago de las cantidades que aún se adeudaban al maestro Fernández Hurtado. Tanto era así que no fue hasta después de muerto cuando el señor de Valdemoro saldó sus cuentas con el constructor del convento. De ello se encargaron ya sus albaceas pero él consiguió en vida disfrutar del monasterio que le había permitido hermanar en su persona el poder político y el religioso.

El edificio

En líneas generales, la planta del convento de Santa Clara de Valdemoro no difiere gran cosa del resto de construcciones monásticas de su época, aunque su fábrica es una clara plasmación del rigor y minuciosidad con que Lizargárate y fray Alberto de la Madre de Dios lo diseñaron. La planta baja alberga los lavaderos, las leñeras, la cocina y, en definitiva, todas las estancias de servicio, además del refectorio de la comunidad.
La planta de calle se distribuye en torno a un claustro central bajo el cual se excavó una bodega destinada a la conservación de los alimentos, sin duda siguiendo la costumbre de la mayoría de las casas de labor del municipio.
La iglesia, de cruz latina, está perfectamente integrada en la construcción conventual, de la que forma parte indisoluble, aunque en el interior hay una zona de transición entre el oratorio y el convento, que es el espacio que ocupan las monjas durante los oficios religiosos. Sin embargo no estaba concebido únicamente para dar servicio a la comunidad de clarisas, sino también como referente piadoso de los fieles del pueblo, motivo por el cual se diseñó un acceso directo al templo desde el exterior, además de la entrada al monasterio propiamente dicho.
En el altar mayor de la iglesia, cuya estructura interna se asienta sobre un conjunto de pilastras con capiteles arquitrabados, se encuentra un cuadro de la Encarnación que está coronado por otro de un Calvario, ambos lienzos con gran influencia de la escuela madrileña del siglo xvii. En tiempos, estuvo flanqueado por dos altares en los que se encontraban sendas pinturas del Nacimiento de Jesús y la Adoración de los Reyes Magos.
Distribución interna al margen, para los vecinos de Valdemoro es la fachada -poderosos muros formados por cajones de mampostería asentados entre refuerzos horizontales y verticales de ladrillo- el auténtico sello de identidad de este monumento popularmente conocido como las clarisas. Su aspecto externo es el que proporciona homogeneidad a un conjunto que ofrece armonía desde la diversidad y las peculiaridades de las fachadas de cada ala del edificio.
La más rica es la de entrada a la iglesia, cuya puerta queda rematada por un frontón y dos escudos nobiliarios situados a izquierda y derecha del mismo.

La vida en clausura

Era, entonces como ahora, el recinto idóneo para el recogimiento que imponen las estrictas normas de la clausura franciscana, en las que había espacio para poco más que la oración y otras santas costumbres, en un clima de austeridad y silencio. Una sobriedad que llegó a desdecir el refrán castellano que afirma que “todo es bueno para el convento”, ya que la tradicional dote que respaldaba a las religiosas al hacer los votos fue sustituida por una limosna para la sacristía que no sobrepasaba los 600 ducados.
Claro que las necesidades terminaron por imponer su realidad a la severidad económica imperante y en 1675 se tomó la determinación de que la dote fuera el pasaporte para tomar los hábitos. Sor Teresa de los Ángeles fue la primera novicia que hubo de avalar su fe y su vocación con la entrega de una aportación patrimonial a la orden de franciscanas clarisas establecida en el monasterio de Nuestra Señora de la Encarnación de Valdemoro.
Una comunidad que nunca perdió sus vínculos con el convento de las Descalzas Reales, del que eran originarias las primeras hermanas que llegaron al pueblo. Así, nada menos que 260 años después de la pomposa presentación de las religiosas a la sociedad valdemoreña y ante la imperiosa necesidad de reforzar el por entonces decreciente número de monjas que formaban la comunidad madrileña, se trasladaron a la plaza de las Descalzas cinco hermanas de Valdemoro. Corría el año 1869 y soplaban vientos propicios para las clarisas del pueblo, hasta el punto de que estaban en disposición de ceder vocaciones a otros colectivos de su orden.

Del silencio a los obuses

Menos venturosos fueron los últimos días de julio de 1936, llenos de los sobresaltos propios de una guerra fratricida que acababa de estallar, y durante los que debieron fenecer pasto de las llamas buena parte de los documentos que constituían el archivo del convento. En los tres años que duró la contienda, la comunidad de clarisas de Valdemoro vivió una diáspora que las llevó a trabajar como muchachas de servicio, según la denominación de la época, en diferentes casas de Madrid. Concluido el conflicto bélico, todas ellas regresaron a los hábitos y la vida de clausura en el monasterio valdemoreño. Todas a excepción de una joven hermana treintañera que murió como consecuencia de las heridas provocadas por un obús.
Claro que las paredes que las recibieron el 27 de septiembre de 1939 en el convento de la Encarnación no resultaban tan adecuadas para el recogimiento y la meditación como lo fueron en los tres siglos que habían transcurrido desde su fundación. Los tres años que había sido utilizado como cuartel dejaron un rastro imborrable en su estructura: no había puertas ni ventanas, el piso estaba levantado, de la cúpula y los altares quedaban poco más que escombros y la tapia de la huerta sólo era un recuerdo en la memoria de las hermanas.
El esfuerzo de las monjas encontró pronto un apoyo fundamental entre los lugareños, que no dudaron en colaborar en la reconstrucción del que ya por entonces era uno de los edificios más emblemáticos del pueblo. Las subvenciones estatales destinadas a la reconstrucción de regiones devastadas hicieron el resto y a finales de 1942 el convento de clarisas de Valdemoro había recuperado su plenitud arquitectónica, según el proyecto del arquitecto Luis Fernnández Urosa, y todo el fervor de la vida en comunidad volvió a impregnar cada una de sus estancias.
Por esos años y precisamente para potenciar la clausura franciscana se introdujo en el colectivo de religiosas la figura de las hermanas externas. Ellas eran las encargadas de realizar todas aquellas tareas que habían de llevarse a cabo fuera del convento y, por tanto, suponían una distracción de la que representaba la actividad principal de las internas, esto es, la oración.
Y eso que en la época de posguerra la comunidad de clarisas desarrollaba de manera completamente altruista una importante labor educativa entre las niñas del pueblo, que continuó hasta mediados de los años sesenta en que la nueva legislación en materia de enseñanza estableció como requisito básico para realizar la tarea docente, los estudios de Magisterio. Ése fue el fin de la escuela de las monjas: ninguna de las hermanas tenía la titulación.

Las últimas reformas

Unos años después, en 1972, se procedió a restaurar la fachada del convento y en 1974 se llevaron a cabo obras de ampliación y reforma. La iniciativa de las mismas fue de la madre abadesa Etelvina Bonilla, que había llegado a Valdemoro para ocupar el cargo, procedente del monasterio de Santa Isabel de los Reyes, de Toledo, en compañía de otra hermana, sor María Jesús López.
Ellas fueron las que iniciaron un proceso de reformas que, sin llegar a suponer grandes transformaciones en la estructura y la distribución del edificio, sí representaron la adecuación de una construcción de comienzos del siglo xvii a las necesidades que demandaban los nuevos tiempos.
Desde entonces, a la fase de hacer más cómoda la vida de la comunidad le ha sucedido otra de recuperación de los elementos originarios y conservación de la fábrica primitiva del monasterio, tal como lo fundó el duque de Lerma.
Precisamente en el año 2001 se llevó a cabo la restauración de las cubiertas, todas ellas a dos aguas y revestidas de teja árabe. Ése fue el inicio de unos trabajos de rehabilitación que continúan en el día de hoy y que seguramente se prolongarán todavía durante unos años. En 2006 se han efectuado labores de mejora en la iglesia, eliminando elementos disonantes con el objetivo de recuperar la imagen que tenía el templo en el momento de su fundación.
El director del proyecto de recuperación es el arquitecto José Ramón Duralde, para quien las obras actuales son, nada más y nada menos, que “la puesta al día de un edificio que tenía un déficit de siglos”. Una actualización que, sin embargo, ha tenido un cariz puramente conservador. De hecho, según Duralde, “se está teniendo más en cuenta al edificio que las condiciones de vida de las hermanas”.
Se han mantenido los elementos originales y se han reforzado los forjados sin modificar la estructura del siglo xvii. Además, se ha recuperado la distribución originaria de algunas dependencias que habían experimentado transformaciones como consecuencia de unas tareas de acondicionamiento más o menos recientes.
Es el caso del claustro. Para aprovechar el espacio y adaptarlo a la cotidianeidad conventual había sido subdividido en pequeños compartimentos que hacían las veces de almacén o celda, en función de las necesidades de las religiosas. Las últimas obras que se han efectuado en este espacio estaban encaminadas a recrear el claustro por el que paseaban las monjas de la familia del duque de Lerma que llegaron al convento. No obstante, se han respetado las líneas maestras de la que fue la primera remodelación que se llevó a cabo en el edificio, en el siglo xviii. Así, se ha mantenido el cerramiento de la doble arquería del claustro para evitar corrientes de aire y mantener una temperatura aceptable en un edificio que carece de cualquier sistema de calefacción. Para ello se ha colocado un cristal en la arquería superior y un cierre de yeso en la parte baja, ornamentado con un óculo de vidrio emplomado y una ventana clásica.
Como colofón a su recuperación se ha procedido a sustituir el cemento del suelo por césped y setos y a instalar una carpintería más acorde con el edificio. En definitiva, en el siglo xxi el convento de clarisas de Valdemoro estará más cerca del que proyectaron fray Alberto de la Madre de Dios y Pedro de Lizargárate, que del que albergaba a las hermanas en el siglo xx.

Vida contemplativa y otros menesteres

Lo que no se ha modificado gran cosa ha sido la actividad cotidiana de la comunidad de religiosas a lo largo de estos casi cuatro siglos que han transcurrido desde aquel día de mayo de 1616 en que se inauguró. La vida contemplativa fue y sigue siendo la principal razón de ser de las franciscanas de Valdemoro, si bien siempre han dedicado parte de su tiempo a otros menesteres más terrenales que la oración. Tareas educativas aparte, han confeccionado hábitos para las procesiones, bordado ajuares para las mozas casaderas del pueblo y cultivado la huerta. Actualmente es la repostería la actividad a la que se dedican mayoritariamente. Sus dulces navideños y sus empanadas de hojaldre gozan del reconocimiento de valdemoreños y foráneos y sus hornos envuelven las calles que rodean el edificio conventual de aromas divinos. Gloria bendita de la alacena de las monjas.

| Datos de interés

| Situación:
Plaza de las Monjas, 2 c/v calle Virgen de la Paloma, c/v paseo Párroco Don Lorenzo c/v calle Duque de Lerma.

| Autor y fecha:
Autor: Francisco de Mora o Juan Gómez de Mora
Proyecto: 1609-1610
Autor: Pedro de Lizargárate y Fray Alberto de la Madre de Dios
Obra: 1613-1618.

| Uso:
Religioso.

| Horario de invierno:
De lunes a sabado: 9.00 h.
Domingo y festivos: 9.00 h.

| Horario de verano:
De lunes a sabado: 9.00 h.
Domingo y festivos: 9.00 h.

| Protección:
Incluido en el Registro General de Bienes de Interés Cultural del Ministerio de Cultura con la categoría de conjunto histórico y dentro del Catálogo de Bienes y Espacios Protegidos del Plan General de Valdemoro (PGV) con protección integral.

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