Casa García Marcos

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Casa García Marcos 2017-03-07T11:00:01+00:00

Project Description

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Casa García Marcos

La casa García Marcos, ubicada en la confluencia de las calles Taeña y La Viña, fue proyectada en 1990 por el prestigioso arquitecto Alberto Campo Baeza (Valladolid, 1946), cuya singular concepción artística y el reconocimiento del que goza han convertido a esta vivienda unifamiliar en un referente para los estudiosos y amantes de la arquitectura de todo el mundo. Concebida como un prisma blanco que establecía una curiosa confluencia de ángulos inversos con la valla perimetral que lo rodeaba, era una expresión más del minimalismo de un autor que ha hecho del color blanco y la línea recta su bandera. Las dificultades para conciliar la cotidianeidad hogareña con lo proyectado por Campo Baeza llevó a sus propietarios a realizar algunas reformas que han hecho de su hogar un espacio más confortable pero lo han alejado del ideal de su autor, al introducir un elemento completamente ajeno a su creación: la curva.

Texto completo publicado en el libro Edificios que son historia

Poco imaginaba Bernardo García Marcos cuando en 1989 planteó a un arquitecto, cliente del banco en el que trabajaba, la posibilidad de encargarse del proyecto de la nueva casa que iba a construirse en Valdemoro, que su nuevo hogar iba a convertirse en una obra de arte.
Y es que el arquitecto -que aceptó de inmediato la propuesta, con la condición de disfrutar de plena libertad creativa- no era otro que Alberto Campo Baeza, el que según muchos estudiosos es uno de los creadores que hicieron despuntar la arquitectura española en el último tercio del siglo xx. Su currículo así lo avala. Nacido en Valladolid en 1946 y titulado en 1971 en la escuela de Arquitectura de Madrid, sus primeros proyectos, que se remontan a comienzos de la década de los setenta, llamaron pronto la atención de los expertos tanto por su precisión y su capacidad de obtener más con menos, como por los materiales empleados y el magistral uso de las rectas para componer elementos opuestos. La casa que proyectó para la familia de García Marcos es un compendio de todo ello.

El impacto del minimalismo

Claro que el Valdemoro de los primeros años noventa del siglo pasado no estaba preparado para el impacto del minimalismo. Los titulares de la finca, ya durante el proceso de construcción, tuvieron que enfrentarse a los comentarios jocosos del vecindario que, en ocasiones, lograron hacer mella en su ánimo y crearles inseguridades sobre lo acertado de su elección. Sin embargo, ver la casa concluida y desvanecerse las dudas fue todo uno. Era original, sencilla, cómoda y muy luminosa. Era diferente, tenía la ventaja de preservar la intimidad de sus moradores también en el patio y todo ello, a un precio asequible.
La vivienda tiene una superficie construida de 225,71 metros cuadrados de los que 198,55 son útiles. Están distribuidos en tres plantas, la de acceso (90,25), la alta (66), azotea (16,01) y garaje en el sótano (26,29). La memoria del proyecto (1989), que custodia el Archivo Municipal de Valdemoro, ofrece una pormenorizada descripción de este edificio, un prisma blanco con el que se consiguió el máximo aprovechamiento de un solar de 315 metros cuadrados ubicado en la esquina de las calles La Viña y Taeña: “la idea de la casa es la creación de un espacio central de doble altura, abierto al Este, al que se vierten las cuatro piezas laterales, dos al Norte y dos al Sur”, y rodeado por una tapia perimetral que, como la casa propiamente dicha, está enfoscada en blanco para dar unidad al conjunto.
La entrada se hace por la fachada oeste a un vestíbulo central, con baño a la derecha y escalera a la izquierda. Las piezas de la izquierda, con fachada al Norte, son la cocina y la sala de estar, mientras que las de la derecha, que dan al Sur, son un despacho y un dormitorio.

Un salón emblemático

Espacios todos ellos que abrazan la que es sin duda la estancia con más personalidad de la casa: el gran salón de doble altura, presidido por un lucernario longitudinal en el techo por el que resbala la luz del sol hasta inundar el interior. Un haz lumínico al que se suma el procedente de la gran cristalera que comunica con el patio y que garantiza la continuidad entre el espacio interior y el exterior, merced al uso del mismo solado a base de piedra caliza de Lucena, en losas de 60×80 centímetros pulidas y abrillantadas.
En la planta alta, tres dormitorios y dos baños, unidos por un distribuidor en el que se abre un vano que da al salón y permite la entrada de luz natural, presente en cada rincón del edificio. Así, pequeñas ventanas jalonan las escaleras a la altura casi de los escalones, haciendo innecesaria la iluminación artificial en horario diurno en la práctica totalidad del edificio. Otro tanto ocurre en el garaje. Pese a estar ubicado en la planta sótano cuenta con abundante luz natural, procedente de los pequeños lucernarios del techo, que dan al patio.
La azotea acoge un lavadero y un pequeño trastero y se completa con un solarium. Es, en definitiva, una construcción muy similar a otras viviendas unifamiliares realizadas por el autor, como las casas Turégano (Pozuelo de Alarcón), Fominaya (Algete) o Gaspar (en la localidad gaditana de Zahora).
Como en ellas, el blanco es el color dominante. El único. El albo enfoscado de la fachada, la tapia perimetral y los suelos tiene su correspondencia en el interior con la carpintería, la pintura e incluso la mayor parte del mobiliario, en gran medida propuesto por el propio arquitecto. Incluso encargó a estudiantes de su equipo el diseño de los muebles de cocina blancos, por supuesto, además de sencillos y económicos.
Y es que Campo Baeza llevó a cabo un trabajo muy riguroso y exhaustivo en esta residencia unifamiliar de Valdemoro. No se limitó a firmar y supervisar el proyecto sino que puso tanto mimo en el mismo que ideó el sistema de iluminación artificial de buena parte del interior de la vivienda –como el resto de sus creaciones, caracterizado por la pureza de las formas-, fabricó los alcorques que bordean la casa e incluso sugirió el tipo de plantación más adecuada para el espacio. En un primer momento se inclinó por las parras, tal y como consta en la memoria del proyecto, más tarde, por las palmeras, pero finalmente fueron los laureles el árbol de consenso entre el arquitecto y los propietarios.
Como colofón contribuyó a la decoración de las diferentes estancias de la casa, aconsejando la adquisición de determinado tipo de mobiliario, entre el que destaca una silla de Le Corbusier.

El duelo entre comodidad y diseño

Si bien y aunque en un primer momento todas sus propuestas fueron aceptadas de buen grado por Bernardo García Marcos y María Luisa González Sanz, lo cierto es que una vez que empezaron a hacer vida en su nueva casa, surgieron algunas necesidades difíciles de satisfacer sin chocar con la concepción arquitectónica del creador. Así, a lo largo de los últimos tres lustros han efectuado algunas reformas en la vivienda que, si bien no han sido muy del agrado de Campo Baeza puesto que rompían su planteamiento estético, sí les han permitido vivir más cómodos y, lo que es más importante, mantener su relación de amistad con el autor.
Sin lugar a dudas, la construcción de la piscina fue la reforma más traumática. Y es que para aprovechar al máximo el reducido espacio del patio en el que se iba a instalar, fue necesario generar una amplitud que no existía transformando la tapia perimetral y lo que era más grave, sustituyendo el pliegue en ángulo de ésta –al que estaba adosada una escalera por la que se accedía a la finca-, tal y como lo había ideado el arquitecto, por una curva, elemento totalmente desterrado de su creación. El resultado fue, evidentemente, una piscina más amplia pero también una ruptura de la dualidad cóncavo-convexo y el consiguiente juego de luces y sombras que dotaba de personalidad a la fachada. Al tiempo se cambió de ubicación el acceso, que pasó de estar en la confluencia de las dos calles a situarse en la calle de la Viña.
Por otra parte, la piscina, recubierta con las características losetas azul celeste y el dibujo de un ancla en la parte central del fondo, a petición de los niños de la familia García-González, distaba mucho de la propuesta de Campo Baeza, que apostaba por un enlosado negro -a juego con la carpintería exterior- y el mantenimiento de su depuración estilística, casi ascética.
La azotea también fue objeto de reforma. Las goteras hacían de las suyas y para evitarlo decidieron cerrar el solarium que se abría al cielo junto al tendedero y crear así un nuevo espacio que hace las veces de trastero.
Han sido unas transformaciones necesarias para hacer de la vivienda un lugar más habitable pero sus titulares tienen ahora un sentimiento contrapuesto respecto a ellas ya que reconocen que se han efectuado con el consentimiento del autor pero dejando a un lado sus derechos sobre su creación. A buen seguro han contribuido a esta ambivalencia las peregrinaciones a la casa que organizan estudiantes de Arquitectura de todo el mundo y los autocares de japoneses que de vez en cuando acuden a fotografiar lo que para ellos es una joya de la arquitectura contemporánea digna de estudio pero para la familia de García Marcos es simplemente su hogar. Para Valdemoro, la última incorporación a esos edificios que han marcado su historia y han dibujado su paisaje urbano.

| Datos de interés

| Situación:
Calle de la Viña, 1 c/v calle Taeña

| Autor y fecha:
Alberto Campo Baeza, 1989-1992.

| Uso:
Residencial.

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